La carta
La libertad nunca fue una elección
La primera vez que la gente vio una carta negra, pensó que era una broma.
La segunda vez, se encerró en casa.
La tercera, dejó de abrir el buzón con las manos desnudas.
Las cartas llegaban siempre por la mañana, dentro de sobres de papel basto, sin sello, sin remitente, sin marca alguna salvo una franja oscura en el borde inferior, como si alguien hubiese mojado la mano en tinta y la hubiera apoyado allí para dejar claro que no era un error del correo. No había nombre de quien las enviaba. Solo un nombre dentro. El del destinatario. Y debajo, con una caligrafía demasiado limpia para ser humana, la orden:
Presentación obligatoria en el Puente Norte.
Vehículo asignado o presentado por el ciudadano.
Fallo en la comparecencia: ejecución pública y clausura familiar.
Nadie llamaba a aquello una elección. Nadie, salvo los locutores de la televisión estatal, que sonreían con la misma naturalidad con la que se habla de la lluvia.
A la carrera la llamaban Libertad.
Silas Vane se echó a reír cuando leyó la carta.
No era una risa alegre. Tampoco diría nerviosa. Mas bien seca, casi elegante, como si acabara de escuchar un chiste tan malo que merecía respeto. Estaba de pie en la cocina, con la carta en la mano y la tetera silbando detrás de él.
Su hermana Eve, estaba sentada junto a la ventana, levantó la vista con el rostro pálido.
—No tiene gracia Silas… —dijo ella.
Silas dobló el papel con cuidado y se lo guardó en el bolsillo interior de la chaqueta.
—Siempre depende del público.
—Silas...
Él simplemente se encogió de hombros.
Tenía esa forma de moverse de quienes han pasado demasiado tiempo sobreviviendo en salas pequeñas, en trabajos miserables y en conversaciones donde uno descubre que el mundo no le debe nada a nadie. Había sido cómico en bares de mala muerte, cuando todavía existían los bares y la gente aún creía que las risas eran una forma de quedarse a salvo.
Después habían llegado los cortes de luz, el racionamiento, las listas...
—Te ha tocado a ti —dijo Eve, como si nombrar el hecho pudiera hacerlo menos real.
—No. —Silas miró por la ventana al patio interior, donde dos vecinos fingían regar plantas que llevaban meses muertas—. Me han elegido. Que no es lo mismo.
Eve apretó los labios.
Había ojeras bajo los ojos y el pulso en la muñeca, visible incluso desde la cocina, era demasiado rápido. Tenía los pulmones frágiles, una infección antigua que nunca se había ido del todo y que el sistema de salud había decidido considerar “no prioritaria”. Silas la había escuchado toser muchas noches, escondiendo el sonido bajo la almohada para no preocuparle. O para no obligarle a admitir que le preocupaba.
—Podemos irnos —dijo ella, en voz baja.
Silas soltó otra risa, esta vez más breve.
—¿Irnos adónde?
Eve no respondió. Porque no había respuesta, todas se agotaban mucho antes de salir por la boca.
Fuera de la ciudad, estaban los controles. Dentro, las cámaras. En cualquier distrito, la misma pantalla holográfica repitiendo la misma imagen: un coche blanco cruzando la meta, el conductor llorando mientras el presentador decía que la nación había vuelto a “demostrar su fortaleza”.
La Libertad no era una carrera cualquiera. No se competía por dinero, ni por fama, ni siquiera por una escapatoria limpia. Se competía porque alguien había decidido, hacía años, que el país necesitaba una válvula de violencia legalizada, un sacrificio nacional con música, apuestas y patrocinadores. Cada ciclo, un grupo de ciudadanos recibía la carta. No se podía rechazar. Si uno no acudía, la sanción caía sobre toda la unidad doméstica: congelación de cuentas, corte de raciones, borrado administrativo. Existir o no existir dependía de obedecer. Seguir respirando era una opción simple. Si participas tienes la opción de intentarlo, si no… solo serías una ejecución más en televisión abierta para el disfrute de los espectadores.
La gente decía que era una lotería.
Silas sabía que las loterías no tenían guardias armados. Las loterías no entregaban tu nombre como si fuera una condena ya escrita.
—Lo siento —dijo Eve al fin.
Silas la miró con una ternura cansada.
—No te disculpes. No has sido tú quien inventó el circo.
—Lo dices como si aún no fueras consciente…
—No. — La interrumpió. Se acercó a la mesa y apoyó las manos en el borde, inclinándose hacia delante—. Lo digo como lo que es. Solo un espectáculo más. Te hacen creer que hay dignidad en entrar por tu pie. Te hacen creer que la muerte es mejor que obedecer el guion. Y la mitad del país se lo cree porque así duermen mejor. Más de cien bocas menos que alimentar. Menos raciones que compartir. Para quien no corre, es simplemente un estreno en cines en el que regalan palomitas.
Eve bajó la vista.
Silas metió la mano en el bolsillo y sacó una pequeña llave de metal atada a un cordel.
—¿Qué es eso? —preguntó ella.
—El garaje de Tom. Me debe una.
—¿Vas a usar su coche?
—No me han invitado a la carrera para ir elegante.
Ella soltó una sonrisa breve, rota, de esas que duelen más que un llanto.
—Vamos a morir.
Silas se quedó quieto un instante. Cuando habló, su voz ya no tenía humor.
—No. Voy a intentar que sigamos respirando un día más. Como siempre.
El Puente Norte estaba lleno de gente.
No de familiares despidiéndose en silencio, como en los viejos documentales. Gente observando. Gente comiendo. Gente con niños sobre los hombros para que vieran bien. Gente apostando en pantallas portátiles. Gente que había decidido que aquello era una fiesta porque, en el fondo, siempre es más fácil convertir el horror en entretenimiento que admitir que te toca vivir dentro de él.
Los vehículos esperaban alineados bajo los focos. Algunos parecían coches de calle con placas añadidas de forma chapucera. Otros eran verdaderos monstruos de ingeniería doméstica: parachoques afilados, laterales reforzados, torretas improvisadas, alerones con cámaras de retransmisión. El gobierno había aprendido pronto que a la audiencia le gustaba el color, el ruido, el hierro masticado por el asfalto.
En el centro del puente, una pantalla gigantesca mostraba una cuenta atrás.
00:12:19
Un presentador con dientes perfectos sonreía desde un estudio sin ventanas.
—Ciudadanos, den la bienvenida a nuestros queridos participantes. Recordamos que la Libertad es un acto de servicio cívico, una prueba de integridad y una oportunidad única para alcanzar la Redención Total. Solo uno cruzará la última puerta. Solo uno recibirá el derecho a reclamar una vida limpia.
“Vida limpia”, pensó Silas mientras subía al coche prestado.
Eso significaba agua filtrada, una vivienda en la zona alta y un nombre protegido de la lista de desahucios. También significaba que los demás caerían en el olvido con la misma facilidad con la que una pantalla se pone en negro.
Silas se ajustó el cinturón y miró al interior del vehículo, donde el salpicadero había sido modificado con una pantalla de navegación, una radio y un pequeño espacio para la cámara obligatoria.
—¿Te hace ilusión? —le preguntó una voz a su izquierda.
La mujer del coche contiguo tenía el pelo oscuro recogido hacia atrás y la mandíbula tensa de quien ha dormido muy poco durante demasiados meses. Llevaba una chaqueta de cuero y las manos firmes sobre el volante. En el retrovisor colgaba una foto infantil, apenas visible.
— ¿En qué lo notas?
—Tu cara. —Ella ladeó la cabeza—. Pareces de los pocos que no ha venido a llorar.
Silas miró la foto del retrovisor y luego a ella.
—Hace años que me entreno para no llorar en público.
—Soy Mara.
—Silas.
—Lo sé. —Su mirada se volvió más afilada—. Te vi hace años. ¿Recuerdas lo que era internet?
Silas arqueó una ceja.
—Eso suena peor de lo que debería.
—Eras gracioso. A tu manera.
—¿Y tú me veías para reírte de mí o para olvidar alguna otra cosa?. Nunca supe distinguir una de otra.
Mara no sonrió. Pero tampoco apartó la mirada.
—Oye… No estoy aquí por el juego —dijo.
—La mayoría no está aquí por el “juego”. ¿Es algún tipo de amenaza?
—No. —Ella apoyó un dedo sobre el volante—. Pero haré cualquier cosa por mi hijo.
Silas sintió un tirón leve en el pecho.
—Entonces sí estás aquí por el juego —respondió, más despacio—. Solo que el premio lo necesitas como excusa.
El altavoz del puente crujió.
—Participantes, en posición.
La cuenta atrás seguía bajando.
Mara tragó saliva.
—Me dijeron que si cruzaba el penúltimo control, podrían dejarle entrar a la escuela sanitaria.
Silas la miró un segundo largo.
—Dudo que se pueda negociar con el espectáculo.
—Lo sé.
—Y aun así estás aquí.
—¿Y dejar que me vuelen los sesos delante de mi hijo antes de condenarlo?. Creo que esta es la mejor opción.
Silas soltó aire por la nariz, casi con una risa.
—Ese es el truco de todo esto. No necesitan que creas. Solo necesitan que sigas la única opción viable.
La mujer lo observó con una extraña mezcla de cansancio y desprecio.
—¿Siempre hablas como si ya estuvieras muerto?.
Silas sonrió, mostrando apenas los dientes.
—¿Quién me asegura que no lo estamos todos?.
La sirena sonó.
Los motores rugieron al unísono como un animal inmenso despertando bajo el puente.
Y la carrera dio su comienzo.
Los coches avanzaban por la autopista elevada, separados por barreras móviles y drones de vigilancia. El reglamento era simple y obsceno: mantener una velocidad mínima, no detenerse más de ocho segundos, no abandonar el vehículo, no desviarse de la ruta marcada. En cada tramo había obstáculos, cierres parciales, zonas de peaje transformadas en embudos de acero, túneles donde el eco hacía sonar cada golpe como si alguien golpeara una puerta desde dentro de la cabeza.
Silas descubrió algo en los primeros minutos: la velocidad no era lo peor. Lo peor era el ritmo. La obligación de seguir. La imposibilidad de descansar.
El cuerpo no entiende de épicas. Entiende de sueño, de hambre, de miedo y de cansancio. A la cuarta hora, los ojos empezaron a escocerle. A la sexta, el cuello le ardía. A la octava, la carretera se convirtió en una cinta viva, interminable, que parecía estirarse cada vez que alguien pensaba haber encontrado una ventaja.
Una voz de otro vehículo se coló por la frecuencia abierta.
—¡Eh! ¡Tú, el del coche robado! —Era un chico joven, histérico, respirando con demasiada fuerza—. ¿Tú también has recibido la carta? ¿O estás aquí por elección propia?
Silas respondió al micrófono.
—Me la han enviado por fax desde el infierno. ¿Y tú?
Hubo una carcajada nerviosa al otro lado, seguida de un golpe metálico.
—Mi madre abrió el sobre.
—Error clásico.
—Para nada. Dijo que era para que dejara de hacer el imbécil.
— Amor de madre dicen… ¿Y piensas obedecerle?
—¡No, ni de coña. Que le jodan a esa zorra!.
Silas giró el volante para esquivar los restos de un vehículo volcado y volvió a hablar, con esa media sonrisa que le endurecía la cara.
—Al menos tienes una motivación extra. No te quejes. Aquí hay algunos que todavía creemos que la humillación tiene algo de espectáculo.
El chico soltó una risa, casi agradecida, y la comunicación se cortó cuando otro coche embistió su lateral.
Mara seguía ahí, un poco por delante, un poco por detrás, en aquella extraña cercanía de los condenados que aún no se han decidido a matarse. En un tramo recto, se colocó a su lado.
—¿Por qué haces eso? —preguntó ella.
—¿El qué?
—Hablar como si fueras el narrador de tu propia ruina.
Silas giró la cabeza apenas lo suficiente para verla.
—¿Honestidad, quizás?.
—¿Lo es?.
—Sí. —Sus ojos volvieron al asfalto—. Y eso es lo más ofensivo de todo.
Pasaron bajo un túnel abierto en la montaña. Las pantallas laterales mostraron caras sonrientes, familias enteras viendo la transmisión desde sus casas. Algunos aplaudían cuando un coche se salía de la ruta. Otros gritaban el nombre de sus favoritos. Un niño, en una grada cercana, agitó un cartel dibujado a mano con el mensaje: SÉ EL ÚLTIMO.
—¿Sabes lo peor? —dijo Silas, más para sí que para Mara—. No es que nos obliguen a correr. Es que han conseguido que todos los que nos importan una mierda vivan mejor mientras morimos.
Mara apretó el volante.
—¿Cuándo no ha sido así?. Que yo sepa, nunca hemos necesitado una purga para que la mayoría del ser humano tenga que conformarse con sobrevivir. Tú deberías saberlo mejor que nadie.
—Touché . —Silas sonrió sin alegría—. He ahí el chiste .
Un coche negro apareció por la izquierda y disparó un arpón contra el lateral de un rival. El conductor del coche alcanzado perdió el control, rebotó contra la barrera y quedó atravesado por el guardarraíl como una marioneta sin hilos. El público de las pantallas rugió de emoción.
Silas apartó la vista.
—¿Nunca te has preguntado por qué hacen esto así? ¿Por qué una carrera?—preguntó Mara, con una calma extraña.
—Simple entretenimiento.
—No lo creo. Tiene que parecer que hay reglas. Que hay mérito. Que si uno gana, es porque merece vivir. La ley del más fuerte.
Silas tardó un segundo en responder.
—Estás describiendo un puñetero juego de mesa. No te engañes. Lo hacen porque es más fácil matar a alguien si antes le has hecho creer que puede ganar. Así es mucho más interesante… y te piensas dos veces si quieres una cerveza con las palomitas.
Mara lo miró de reojo.
—Creo que solo te haces el tonto.
Silas soltó una carcajada baja.
—Eso diría alguien que no me ha oído hablar dos horas seguidas.
—Lo digo en serio.
Él tardó un momento en contestar.
—Deja de hacerlo. Es un mecanismo muy práctico. Yo lo hago constantemente. La vergüenza, el miedo… son lujos pesados. El cinismo, en cambio, cabe en cualquier bolsillo.
El coche del chico reapareció unos metros más adelante.
Iba demasiado rápido para el estado en que se encontraba. La puerta del copiloto colgaba abierta, golpeando el aire con un ritmo irregular, como si intentara zafarse del resto del vehículo. La pintura estaba arañada hasta el metal, y una de las ruedas delanteras vibraba con una oscilación que hacía que todo el coche pareciera a punto de deshacerse en cada giro.
—¿Es el chaval de antes? —preguntó Mara, tensándose.
Silas no respondió de inmediato. Reconoció el patrón de conducción antes que el coche en sí: brusco, errático, lleno de decisiones tomadas medio segundo tarde.
—Sí —dijo al fin—. Su madre lo estará celebrando con pompones rosas.
No hubo tiempo para más.
Un todoterreno modificado, cargado de placas y con el frontal reforzado como un ariete, irrumpió desde un carril lateral habilitado para incorporaciones. No frenó. No dudó. Impactó contra el lateral del coche del chico con una violencia seca, sin épica, sin ese instante cinematográfico donde todo se ralentiza y uno puede entender lo que está a punto de ocurrir.
Aquí no hubo comprensión. Solo física.
El sonido fue lo primero en llegar: un crujido húmedo, antinatural, como si algo que no debería romperse se hubiera partido por dentro. Después, el metal plegándose sobre sí mismo con un gemido largo, arrastrado. El coche giró. Un giro torcido, arrastrado, con el eje delantero bloqueado mientras la parte trasera intentaba adelantarlo. Las ruedas chillaron. El asfalto escupió chispas. Un trozo de carrocería salió despedido y rebotó contra la barrera con un golpe hueco.
El chico salió por la ventanilla. Su cuerpo se atascó un instante en el marco, como si el coche dudara en soltarlo. El hombro primero, luego la cabeza, luego el resto, arrastrado con una violencia torpe. La camiseta se enganchó en algo y se tensó hasta rasgarse con un sonido seco que apenas se oyó por encima del caos.
Durante una fracción de segundo, quedó suspendido. Como si el tiempo no se hubiera detenido, sino que se hubiera vuelto más denso, más espeso, obligando a cada movimiento a hacerse visible. Sus brazos no buscaban nada concreto; se abrían, se cerraban, arañaban el vacío con una torpeza infantil.
Era demasiado joven.
La piel aún tenía esa suavidad que no ha aprendido del todo lo que es el cansancio. Los rasgos no estaban endurecidos por años de derrota. Había algo intacto en él, algo que no encajaba con el lugar, con la velocidad, con la forma en que su cuerpo estaba siendo expulsado de la historia como un error.
El impacto contra el asfalto no fue limpio. El cuerpo no rebota como en las películas. No se levanta. No hay segunda oportunidad en el gesto.
Golpeó de lado, con una violencia sorda, y el sonido que produjo no se pareció a nada que Silas quisiera recordar. Algo cedió. Algo que no debería ceder nunca. El movimiento que siguió fue una especie de plegado, como si el cuerpo intentara ocupar menos espacio del que le correspondía.
El coche, ya sin control, pasó por encima de una de sus piernas.
No hubo grito. Quedó enterrado bajo el rugido de los motores, bajo el aplauso lejano de las pantallas, bajo la música que alguien, en algún lugar, había decidido que debía acompañar ese momento.
Silas sintió cómo el estómago se le cerraba.
El todoterreno ni siquiera redujo la velocidad. Siguió adelante, recto, como si hubiera golpeado un bache más en la carretera.
El cuerpo quedó atrás. En medio del carril.
No completamente inmóvil. Eso fue lo peor. Un movimiento mínimo, casi imperceptible, en uno de los brazos. Un intento de algo. No de levantarse, el cuerpo ya no respondía a esa lógica, sino de… recordar cómo se hacía. Como si el impulso llegara tarde, cuando ya no había estructura suficiente para sostenerlo.
Mara soltó un sonido ahogado.
—Dios…
Silas no dijo nada.
Reducir la velocidad no era una opción. Desviar el coche tampoco. El reglamento era claro, y el miedo a lo que ocurría fuera de la carretera era más fuerte que cualquier impulso humano que pudiera quedar dentro de ella.
Pasaron a su lado. Demasiado cerca.
Silas no miró directamente, pero lo vio igualmente, en ese ángulo muerto donde las cosas se quedan grabadas aunque uno no quiera. La cara ya no estaba donde debía estar del todo. Los ojos… abiertos. No enfocados en nada. O quizá en todo.
Durante un segundo absurdo, ridículo, insoportable, Silas pensó en la conversación.
En la risa nerviosa al otro lado del canal. En el insulto a su madre. En lo fácil que había sido todo eso. En lo rápido que se había convertido en esto.
—No… —murmuró Mara—. No, no, no…
Las pantallas del túnel siguiente mostraron la repetición. A cámara lenta. Desde tres ángulos distintos. El impacto. El cuerpo saliendo. El momento exacto en que dejaba de ser un participante para convertirse en contenido.
El público rugía.
Silas apretó el volante hasta que los nudillos se le pusieron blancos.
—Joder… —dijo tratando de mantener los ojos abiertos.
La voz del presentador volvió, limpia, entusiasta, perfectamente modulada:
—¡Impresionante! Y ahí lo tienen, ciudadanos. Un recordatorio de que la Libertad exige compromiso absoluto. Cada decisión cuenta. Y sobre todo niños. Recordad, siempre hay que llevar el cinturón puesto.
Silas dejó escapar una risa. Esta vez no tenía nada de elegante.
Mara tragó saliva.
—No quiero morir.
Silas asintió lentamente.
—Nadie quiere. Probablemente solo piensen en lo que viene después de ganar.
A mitad de trayecto, la ruta atravesó el distrito viejo. Allí las avenidas ya no estaban vacías: estaban llenas de gente. Se habían asomado a balcones, azoteas, pasarelas, ventanas rotas. Familias enteras observando el paso del convoy como si vieran llover ácido sobre sus propias calles.
Silas reconoció la esquina donde había trabajado su padre. La escuela abandonada donde había aprendido a fingir que reír era una forma de resistencia. El edificio de la residencia donde su madre había muerto dos años antes, esperando una vacuna que nunca llegó porque de nuevo “no había prioridad suficiente”.
La transmisión se volvió más alta en su propia radio. El presentador, con voz casi eufórica, anunciaba los porcentajes de audiencia.
—¡Récord histórico en los distritos centrales! ¡El país entero sigue el desarrollo de La Libertad con un interés ejemplar!
Ejemplar.
La palabra le pareció obscena.
Mara se inclinó hacia él en una curva y habló casi a gritos.
—¡Silas!.
—¿Ahora qué?
—Si alguno de nosotros llega… de verdad, quiero decir… si alguien cruza la puerta, ¿crees que de verdad lo dejan salir?
Silas no contestó de inmediato. El coche brincó sobre un bache. Un dron pasó tan cerca que pudo ver la cámara roja girando como un ojo despierto.
—No —dijo al fin—. La única diferencia será el tacto del asiento en la que reposa tu culo. Nunca dejaremos esta jodida carrera.
—¿En algún momento dirás algo positivo? Cada vez que te escucho me das ganas de aumentar mis probabilidades de llegar si te elimino.
Él sonrió, y en esa sonrisa había algo más cansado que la crueldad.
—No tengo intención de oponer resistencia. No me convence el público.
Mara lo miró, helada.
—Eso es horrible.
—Sí —respondió él—. La verdad siempre lo es.
Durante los siguientes kilómetros nadie habló.
Uno de los coches adelantó a otro, lo golpeó con un lateral reforzado y lo sacó de la carretera hacia una vía secundaria cerrada por bloques de hormigón. La transmisión mostró el accidente desde varios ángulos. El presentador aplaudió con entusiasmo.
Silas sintió el impulso absurdo de vomitar. Y luego, todavía más absurdo, de reírse.
Una risa corta, rota, casi hermosa de lo mal que sonaba.
Mara lo oyó.
—¿De qué te ríes?
Silas parpadeó.
—De que al final todo esto es una misa de domingo. ¿No crees?
—¿Qué?
—La gente viene a ver si alguien sobrevive para poder seguir creyendo en el altar. Es lo mismo pero sin un tío crucificado en madera pulida.
Mara negó con la cabeza.
—Estás loco.
Silas la miró con una extraña dulzura.
—Y eso que no me has visto con dos copas de más.
Llegaron al último tramo con siete vehículos todavía en marcha.
Siete. Nada mal para una carnicería nacional.
El puente final era estrecho y estaba flanqueado por muros de pantalla donde se proyectaban los rostros de los caídos. Allí aparecían sus nombres, sus casas, sus deudas, sus trabajos, sus familias. La exposición pública convertía la muerte en expediente.
Silas vio entre los rostros uno que le golpeó más que los demás.
Eve.
Y debajo, un mensaje:
UNIDAD DOMÉSTICA EN REVISIÓN.
Sintió un frío súbito en las piernas.
No. No podía ser.
Había dejado a Eve en casa. Había cerrado la puerta con doble vuelta. Había insistido en que no saliera. Que no se acercara a la terminal de seguimiento. Que no pensara en él. Pero el sistema no olvidaba. El sistema nunca olvidaba.
La radio se encendió sola.
—Participantes restantes: seis.
Mara miró su pantalla.
—¿Qué pasa?
Silas no respondió. Tenía la mandíbula rígida.
—Silas.
Él tardó un segundo en hablar.
—Si gano… mi hermana entra en la lista limpia. Si pierdo, la arrastran a la revisión. —Tragó saliva—. Si gano, me salvan a mí y la borran a ella. Si pierdo… en fin… supongo que nadie dará una moneda extra para seguir el juego.
Mara se quedó inmóvil un instante.
—Solo eliminan a los rebeldes o a los enfermos terminales.
Silas soltó una risa sin aire.
—¡Bingo! Y mi hermanita no es de las que le quede mucha fuerza para rebelarse.
El puente se estrechaba. Los coches restantes se empujaban unos a otros como animales ciegos. Uno explotó a la izquierda, otro cayó al vacío por un lateral abierto y desapareció en una lluvia de chispas. Los gritos apenas se oían entre motores y sirenas.
Mara se acercó lo suficiente como para que él oyera su voz por encima del caos.
—Lo siento.
Silas la miró.
Y durante una fracción de segundo, el rostro que devolvió no fue el del loco gracioso de la transmisión, sino el de un hombre que había comprendido demasiado tarde el precio de seguir respirando.
—No lo hagas —dijo—. Tú tienes a tu crío esperándote. Los dos seguimos apretando el acelerador por algo.
Mara lo entendió entonces. O al menos entendió lo suficiente. Y su expresión cambió. Ya no era solo miedo. Era compasión, que en ese lugar era casi una forma de violencia.
—Mierda —susurró.
Quedaban dos coches delante. Uno perdió el eje trasero. El otro se incendió con una explosión tan limpia que pareció una flor negra abriéndose en plena luz. Silas apretó el volante. La puerta final estaba ya a la vista. Una compuerta blindada, iluminada en blanco, con el símbolo de la Redención Total pintado encima como si aquello tuviera algo de sagrado.
Mara frenó un instante.
Silas la miró, sorprendido.
—¿Qué coño haces?
Ella sacó la llave de contacto y la arrojó por la ventanilla hacia la carretera.
—Nadie me espera en casa —dijo soltando las manos del volante.
— ¡Agarra el puto volante!.
—Tú hermana te necesita. Mi hijo solo espera flores nuevas en un lugar donde no puede olerlas.
—Nunca fue casual que nos conociéramos. ¿Verdad?
—Antes me preguntaste si era un espectadora que te veía para olvidar, o para reírme de ti.
—Déjate de mierdas sentimentalistas. No lo dejes ahora.
—Fui yo quien puso tu nombre en la lista. Alguien de arriba me debía un favor. Creí que el padre de mi hijo se merecía el mismo destino que él. Creí poder verle morir como vi morir a mi pequeño. ¿Y lo más triste de todo? el tipo ni siquiera me recuerda al odio que yo misma me había inventado.
—Es imposible.
—El alcohol puede hacer que cometas muchas locuras.
—Mierda…
—Hazlo por tu hermana.
Silas apretó el acelerador. El coche se lanzó hacia la compuerta. Detrás, otro vehículo lo embistió con fuerza. Silas perdió el control durante un segundo, rozó el borde del puente y vio el vacío bajo la autopista como una boca abierta. Corrigió el volante con un golpe seco, sintiendo cómo la rueda chillaba contra el asfalto.
La puerta se abrió. Solo un coche podía pasar.
Solo uno.
Silas vio por el retrovisor a Mara, demasiado cerca. Podía apartarla. Podía empujarla. Y también podía conservar la victoria. Podía salvar a Eve.
Silas soltó una carcajada que sonó casi humana.
—¡Dale un abrazo a tú hijo de mi parte! —dijo en voz alta, para nadie y para todos dejándose arrastrar por la locura—. ¡He ganado hijos de puta!.
Apretó el volante recto, con una furia tranquila, y se lanzó hacia la puerta mientras el coche de ella se quedaba atrás, frenado por el humo, por el miedo y por esa mínima compasión que todavía parecía una forma de rebelión.
Cruzó la línea.
Las pantallas del país estallaron en aplausos.
GANADOR
CIUDADANO SILAS VANE: REDENCIÓN CONCEDIDA
Al detenerse al fin el coche de Mara, ella sonrió mientras aplaudía.
Todas las cámaras enfocaron su coche antes de que los soldados la rodearan con lanzallamas.
Mara siguió sonriendo recordando que el dolor que derretía su piel solo era un tramite hasta poder volver a ver a su hijo.
La cabina olía a sangre, aceite y metal quemado. Silas apenas podía sostener la cabeza. Tenía un corte abierto sobre la ceja y la visión temblorosa. Aun así, sonrió cuando el equipo de asistencia abrió la puerta y lo sacó del coche.
Le limpiaron la cara. Le cosieron la ceja. Le dieron agua. Le dieron una bata blanca.
Le dieron un despacho.
Y, por último, una caja.
Dentro había sobres negros.
Ciento dieciséis. Uno por cada nombre del siguiente ciclo.
Silas los miró sin tocar nada durante un largo rato. Luego levantó la vista hacia el hombre del uniforme que esperaba junto a la mesa.
—¿Esto también es parte del premio? —preguntó.
—Su hermana ya está bajo tratamiento como pidió. Usted es ahora el rostro de la Redención —dijo el funcionario con una amabilidad de oficina—. Su testimonio será importante para el país.
Silas se echó a reír. No porque le hiciera gracia. Porque, si no lo hacía, habría tenido que gritar.
Cerró los ojos, se imagino así mismo contando uno de sus peores chistes.
Tomó el primer sobre, mojó la pluma en tinta negra y escribió un nombre. Luego otro. Y otro. Cuando terminó, ya no sabía si estaba llorando o sonriendo.
En la pantalla del despacho, miles de hogares miraban su imagen en directo. El hombre que había sobrevivido. El hombre que había ganado. El hombre que, con una mano temblorosa y una sonrisa torcida, firmaba las cartas que llegarían al amanecer.
Silas alzó la vista hacia la cámara, como si estuviera a punto de contar el chiste.
Y dijo, muy despacio:
— Tengo curiosidad… ¿Qué tipo de coche elegirán los que siempre miran desde arriba? ¿Estáis listos? El año que viene promete un buen espectáculo…
Nota del escritor:
¿Y si funciona?
Esa maldita pregunta. La misma que aparece cada vez que me siento frente al teclado, como una ex que no termina de largarse de tu vida. Sabes que no deberías abrirle la puerta, pero ahí estás, dejándola pasar otra vez y con los calzoncillos por las rodillas.
No, no es lo más original, ni lo mejor que he escrito. Ni de lejos. Y si lo fuera, probablemente desconfiaría. Las buenas ideas como ya he dicho más de una vez (en mi caso al menos), no suelen anunciarse, me pillan desprevenido y luego me dejan pagando la cuenta. Pero sí, puedo decir que es una de las mejores paranoias que he sabido domesticar últimamente, que ya es decir bastante teniendo en cuenta el zoo que tengo en la cabeza.
Las peores no cuentan. Nunca cuentan. Se quedan ahí abajo, en ese sótano húmedo donde van a morir las ideas que una vez parecieron brillantes después de dos copas de más. Todos tenemos uno. El mío ya necesita ventilación y probablemente un abogado.
Al final, cualquiera con un poco de vista acabará viendo que esto no deja de ser una mezcla extraña entre Los juegos del Hambre y The Long Walk, pasada por el filtro de una noche mala, de esas en las que las ideas se desnudan demasiado pronto y el alcohol es, sorprendentemente, lo más limpio que hay sobre la mesa. En ese paisaje, entre humo, mala luz y peor juicio, apareció Mario Bros presumiendo de su Kart como si hubiera descubierto la cura de algo. Y de aquella velada, de esa pequeña orgía de referentes, ego y estupidez, nació este relato.
¿Funciona?
Sé que el relato no va a cambiar la vida de nadie, pero al menos espero haberte hecho reír de curiosidad.
Nos vemos pronto.



Me gustó mucho, una analogía de la carrera de la vida misma